Cuando comencé a morir no hubo escándalo. Una mirada a mi cuerpo intacto les devolvía el habla y la calma, y los enviaba de un golpe seco al mundo de las preguntas. Preguntas que se erguían como neblina sobre mis hombros ante sus miradas, aún estupefactas en cierto grado.
-Pero... ¿cómo? si…
-¿Y cómo no...?
Enseguida tenía lugar la danza de los suspiros, desencantados se soltaban dando medias vueltas sobre el pié derecho, mirando las paredes blancas como ajenas, el cielo despejado y pobre, dando un paseo senil con la mirada más pueril y vaga, buscando esas respuestas divinas que nunca me importaron. Yo era ya parte de ese universo de materia muda. Era ese aspecto inorgánico, el que sólo entraña misterios y no se responsabiliza de la cuestión humana, de su curiosidad o de su insaciable recital de preguntas.
Venía yo, así de desganado e imbécil, a destruir por completo la calma racional ya tan instalada, con respecto a mí, en las pocas personas que me rodeaban. Uno por uno iban cayendo y dando sus dientes contra el desconcierto, rompiendo a llorar los ojos contra la materia oscura del otro lado del telescopio.
Mi cara invariable de pasiva obsolescencia era tan dura que algunos la rehuían tras ser bestialmente golpeados por ella. Mi mirada tan plana levantaba paredes de bocas abiertas y estalagmitas del llanto incontrolable que brota de la rabia, lágrimas sin pena, enojadas.
No tardó mucho en llegar el momento en que todos estaban ya en el infierno de mi deceso. Incluso llegó antes de que yo mismo hundiera mi cara en eso otro de mí, en esa nada no-ente que no admite sensación o juicio, que aturde con su atronadora inexistencia, y que viene vociferando calurosamente su pretendida inocuidad.
Esos pocos que se quedaron con los ojos en el suelo, me enterraron antes de tiempo, mucho antes, no sé cuanto, en el momento en que se disipó la duda irresoluble, cuando se desvaneció la rabia y la poca pena que no se comprendía. La vida volvió a la normalidad mientras yo seguía ahí, me ignoraban, ya empezaban a molestarse con mi presencia.
-¿Cuándo te vas a enfriar de una vez?- preguntó mi padre con tono de reclamo insensato, un martes cerca de las ocho de la mañana.
-¿Cuándo te vas a enfriar de una vez?- preguntó mi padre con tono de reclamo insensato, un martes cerca de las ocho de la mañana.
–Esas cosas se saben bastante tarde ¿no te parece?- le conteste viendo como iba enojando y avergonzando su cara al mismo tiempo.
No sé cuánto tiempo pasó, le di mi reloj barato a un tipo que bajaba de un auto caro cerca de la costa –Atrasa un minuto por semana- le dije, y lo vi morir del desconcierto. Me pasé varias noches yendo a escuchar a un saxofonista en la calle, ciego, tocaba bastante bien por unas monedas. No le di ni una, no tenía. Estuve ahí, mirando a las personas pasar y revisar los bolsillos cobardemente para no parecer los cerdos que eran. Unos niños se divertían dejando caer tornillos en las monedas, no lo engañaban, después de horas noté que el sonido era muy distinto.
No sé cuánto tiempo pasó, le di mi reloj barato a un tipo que bajaba de un auto caro cerca de la costa –Atrasa un minuto por semana- le dije, y lo vi morir del desconcierto. Me pasé varias noches yendo a escuchar a un saxofonista en la calle, ciego, tocaba bastante bien por unas monedas. No le di ni una, no tenía. Estuve ahí, mirando a las personas pasar y revisar los bolsillos cobardemente para no parecer los cerdos que eran. Unos niños se divertían dejando caer tornillos en las monedas, no lo engañaban, después de horas noté que el sonido era muy distinto.
Extrañé la risa de ella, no la volví a ver, no podía hacerle eso, ella siempre creyó que había muerto de un golpe, sin sala de espera, ni largo pasillo, ni tono de marcar, ni cigarrillos consumiéndose en los ceniceros con arabescos de humo blanco. Yo me paraba en una esquina muy transitada para ver como pasaba sin que ella pudiera verme. Al principio me dolían sus ojos rojos, con los días volvieron a la normalidad, pero algo no era igual, sobre todo el incontrolable impulso por correr hasta ella, las lágrimas casi no me dejaba verla, me mordía las manos, apretaba los dientes para no escupirme de bronca, sólo ella me volvía al dolor de la vida.
Por lo demás, mis días apestaban a un vacío inconmensurable, era un hueco lleno de pus en el espacio-tiempo. Parecía no ser mundo. Ahora supongo que me debo haber ido desvaneciendo paulatinamente. Sobre todo porque mi madre parece ya no verme sin empeñarse realmente. Hace un par de días me paré enfrente de ella en la esquina donde siempre la veía pasar, se llevó la mano a la cara y se le cayó una exhalación de un dolor horrible, creyó estar recordándome. Ahora que termino de extinguirme, lamento el no poder extrañarla.
No hay comentarios:
Publicar un comentario