sábado, 10 de marzo de 2012

Cuestión.

I

          Es la versión más cruda de André, a las 7 A.M. sin desayunar, sin café, apenas el recuerdo de una cena pobre. Con semanas de mal sueño, calor húmedo, sonido de oficina en su cubículo de compensado, recubierto por esa imitación de madera que se despega y no dura. Esos muebles brasileros que se aflojan y se hamacan, traca-traca traca-traca, trabajar sentado. 
           -Un momento-, el codo en la mesa, la palma en la sien, los dedos en el pelo transpirado. Algo lo tiene frenado hace semanas, tensión entre las cejas. Algo en el aire que no avanza, algo que se lleva su atención y la devuelve fraccionada.
           Como el viento caliente del verano en el lago, lento. Algo no lo deja funcionar, algo no gira bajo su camisa blanca de líneas verticales color océano profundo, una pregunta, no sé, una especie de incógnita, algo que le frunce el ceño por horas en el sillón del apartamento, solo con la veladora y el humo blanco que se forma cuando una idea da más vueltas de las que debería.
           André no es especial, él no es magnifico, ni siquiera es común, normal, corriente, ni siquiera logra ser mediocre. André no es casi nada, no en tanto no tenga esa respuesta, él mismo se ve falto, tullido, mutilado. No tiene sacerdotes de palabras lentas e infantiles. No tiene la respuesta, no tiene nada, ni agua sucia ni sopa fría. Sólo tiene tiempo coagulado, brumoso, para buscar cuanto pueda, aún no desespera.
           Los ojos en el aire, la mano en el mentón mal afeitado. Horas de oficina, ruido de papeles, tacones, charlas pobres, de mierda. André pensando en cosmos detenido.

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