Metí la mano desnuda en la gente,
una vez,
hace años,
y encontré cosas raras:
adentro no había un adentro.
Ahora, creo,
debo rectificarlos,
debo rectificarlos,
mostrar qué feo
que los muertos tampoco son buenos:
Entonces dispárenme ahora
que estoy distraído escribiendo.
Apuñálenme,
ahora,
antes de que diga algo que tampoco.
Ahora,
que entren por la ventanas
bidones y nafta saliendo convulsiva
y otras manos con el fuego
y otras que,
luego,
con chorros de agua blanca
me refresquen carbónico
-tssssss...-
vuelto al mineral,
antes de que fuera tarde,
tan afortunado,
demasiado cocido,
a mi madre le gusta la carne casi cruda.
Cuélguenme,
ahora,
con las luces del navidad
en ese árbol de mierda,
bajito,
si llegan mis pies al suelo quiébrenme las rodillas.
No me encierren,
puedo gritar.
Fusílenme,
sin vendas en los ojos,
con revólveres
calibre 22,
desde lejos
y con mala puntería.
Fusílenme durante horas
un domingo de sol,
de los que me enferman,
sería divertido.
¡Yo solo me gané ese odio!
Que vengan a tus amigos a ver,
tu amiga,
esa,
una vez la hice reír...
No me entierren,
no lo soporto.
Arrástrenme
y faltémosle el respeto a Héctor.
Tírenme a un baldío de barrio,
así de sucio,
en bolas,
entre las bolsas de nylon,
en serio,
mátenme ahora,
y tírenme por ahí
que ya no es nada malo.
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